Saludos queridos lectores y lectoras de “Vivir Desconectado”.
No, no soy Alejandro, pero tranquilos, no he tenido que utilizar la fuerza para
tener el permiso de guarrearle su querido Blog… ¡Me han bastado un par de
carantoñas! Pues sí corazones, es un chico muy facilón. Pronto comprenderéis,
si tenéis la paciencia de leerme, que casi siempre trato de ponerle un poco de
cachondeo a todo lo que digo o hago, así que si no es estrictamente necesario
os aconsejo que no me toméis demasiado en serio. Dicho lo cual no significa que
algún día no os vaya a soltar un tochaco con más chicha que el culo de
Paquirrín, pero soy muy consciente de que esa necesidad ya os la colma con
creces el susodicho individuo que he nombrado anteriormente, al cual aprovecho
para decirle que escribir en el espacio personal de un tío tan cojonudo como él
es un honor tan grande o mayor (todavía lo estoy decidiendo) como tomarme un “relaxing
cup of café con leche in Plaza Mayor” con Ana Botella (lo siento tenía que
decirlo).
Y para los que os estéis preguntando qué hace un personaje
como yo en un sitio como este, os diré que homenajear una maravillosa idea que
Alejandro tuvo durante su adolescencia, ¡hace un par de lustros ya!: “Confesiones
desde el cagadero”. ¿El título promete a que sí? El original era un programa
presentado por un tío muy simpático dispuesto a reflexionar sobre la vida en el
momento de la evacuación. Yo le he dado un poco la vuelta, convirtiéndolo en un
programa de radio escrito en el que los radioyentes envían sus “cagaderotestimonios”
para que la estrella del programa, Mr. Letrina, les eche un cable con sus
consejos rimados. ¡Espero que os mole la idea y os saque alguna sonrisilla!
Delirio de color carmesí. Sacos grandes llenos de paja, mucho peso, poca sustancia. ¿Crees que puedes tapar el exilio con tan poco material? Te faltan motivos y te sobra fachada. El triunfo de los cobardes no existe en mi paraíso.
Me pides clemencia, pero no soy yo el responsable de dictar un veredicto, solo soy un mero espectador en una posición privilegiada. Primera línea pagada de mi bolsillo, fruto del ahorro y del sacrificio de este tiempo, vamos, que me lo he ganado con creces.
Sabes que este juicio está perdido de antemano, ser un cobarde te ha funcionado en otras villas hasta ahora, pero rogar la absolución es como matar al guardia por una condena por asesinato. Absurdo incluso para ti. El peso de la ley dictada por mi conciencia caerá sobre tus hombros, pero habrás sido tú y solamente tú el que se haya condenado a sí mismo, porque bajo mi jurisdicción las leyes promulgadas en su día tras muchas deliberaciones no dan lugar a dudas: destierro inminente.
Es tu fin en esta tierra. Encontrarás otras, no lo dudo, otras más afines, otras que permitan tu conducta e incluso es posible que encuentres tierras donde idolatren tus modos, que lo dudo. Mas aún es de agradecer tu presencia en este paraíso, pues los alborotadores hacen que una vez identificados, sea más fácil dar con ellos, así que supongo que tendré que dar gracias por la parte que te toca, al fin y al cabo.
Antes podía reprimir el número de elocuencias, ahora, hago angostos caminos en rutas ávaras. Cuando ruge o serena tu impulso cárnico, ostenta su grandeza ilícita la imbécil pedante. ¿O luchabas la amnistía secreta?
No podía haberme quedado más a gusto. Que tengas mucha suerte, pero lejos de aquí.
¿Y qué otra cosa quieres que te diga si me haces disfrutar más que nadie? ¿Qué otra cosa quieres que haga si contigo no encuentro maldad? ¿Qué otra cosa quieres que piense si a tu lado todo se ve mucho más fácil? ¿Qué otra cosa quieres que escriba que no sean estas palabras?
Si cuando te tengo entre mis manos hallo paz y hermandad con el ambiente, si todo es más bonito, si la comida me sabe mejor, si la música tiene más sentido. ¿Por qué no decirlo? ¿Por qué eres tan mala como buena conmigo? ¿Por qué eres prohibitiva? Mi ángel roto, insistiendo haces un agujero negro abusivo. Soy yo mismo quien pone barreras contigo, porque debo hacerlo, y porque sé que podrías destruirme al mismo tiempo que me das la vida. Menuda relación que mantenemos.
La única barrera que nos separa es mi sentido común, esa molesta vocecita que piensa que siempre tiene razón y que nunca se equivoca. ¿Quién te has creído que eres? ¿No te das cuenta de que si siempre te hiciera caso, nunca habría disfrutado de nada en la vida? A veces, vale la pena sufrir en pos de vivir.
Y ahora mismo, tengo ganas de disfrutar de ti, de tu fragancia, de tu estímulo, de tu compañía. Y sí, es posible que en un futuro me arrepienta de haberlo hecho, quién sabe si será en un futuro próximo o en un futuro lejano, o puede que nunca me arrepienta, pero en este momento me da igual, soy un idiota sin conciencia, y cuando te vea, voy a hacer como si nunca nos hubiéramos separado. Porque mis labios, mi ingenio y mi risa te echan de menos. Porque se fueron y los necesito justo ahora. Por eso voy a hacer que vuelvas, pero en pequeñas cantidades, que nunca me ha gustado abusar.
Retomando la actividad del blog, hoy os traigo un relato para empezar abriendo boca.
La lectora Desconocida envía las siguientes palabras para que se lo escriba:
Leche, azúcar, sirope, manzana y perfume
Espero cumplir con tus exigentes objetivos :)
Le encantaba el olor de su perfume por las mañanas, amaba todas y cada una de las manías de su amada. Era muy vanidosa y no le gustaba oler desagradable, pese a que él nunca consideró que lo hiciera. Cada mañana se despertaba un par de minutos antes que él, y se perfumaba el cuello con un extracto de manzana que tenía escondido en la mesita de noche. Él sabía que lo hacía, pero nunca se lo dijo. Pensó que era tan mágico que no quería romper esa ilusión que rodeaba el sueño de estar con aquella mujer.
Él, por su parte, la despertaba todos los días con un: "Buenos días mi amor", un beso en la frente, mejilla y boca, una sonrisa y una bandeja con lo rutinario: vaso de leche con cacao, sin azúcar y dos rebanadas de sándwich sin tostar con mantequilla de fresa o en su defecto, de melocotón y los fines de semana, sirope de arce o de agave, dependiendo la ocasión.
En su cabeza sonaba de maravilla. Imaginando esta escena era feliz. Vivía en una nube. Los paseos por el cielo se le hacían cortos, las horas sin ella se tornaban años e incluso décadas. Una palabra suya bastaba para que dejara todo lo que estaba haciendo para complacerla. Porque quería hacerlo y no se sentía presionado por nada ni nadie. Solo quería que fuera feliz, y si era posible, a su lado.
El más triste de los días no tenía importancia si tenía la ocasión de verla, de intentar acariciar su mano, de hacerla reír, o simplemente de sentarse a su lado y disfrutar de su presencia. Sentía que su objetivo en la vida, era aportar felicidad a ese ser que parecía sacado de un cuento de hadas. La amó mucho en silencio durante mucho tiempo. La amó más que a cualquier cosa que había pasado por su vida.
Lástima que nunca fue capaz de decírselo.
¿Qué necesidad tengo? Otra vez vuelvo a escribir. Otra vez a contar penas y me faltan dedos. Decepcionado con la vida. Me hace contar más penas que dedos y así me hago un lío.
Estúpidas penas efímeras que se disuaden con el sonido de una campana. Pero son unas penas muy porculeras. Se empeñan en atormentar mi tranquila cabeza. Supongo que no todo tiene que ir bien en esta vida.
Al parecer, el estado de bienestar propio no es eterno, y cuando el cerebro ve que todo funciona bien durante mucho tiempo, se le activa una alerta de peligro, como diciendo: "oye, que todo está yendo sospechosamente bien, deberías preocuparte un poco por algo, yo que sé, cualquier mierda que se te ocurra, pero dale mucha importancia, como si fuera de vida o muerte". Y no puedes controlarlo, no puedes serenarte, porque tu mente, en este caso, está en contra tuya. Tu asquerosa mente quiere que estés preocupado, como si fuera un mecanismo de defensa ante cualquier peligro real inexistente o futuro. La felicidad no es utópica, pero es antihumana y fugaz.
Vivimos en una sociedad en la cual ser feliz es un estado de alerta. Es sospechoso ser una persona alegre. Estar contento es la antesala de una decepción, de una caída o de un fracaso. Lo aceptamos sin más, pues es lo que nos ha tocado vivir, es el fruto de miles de años de evolución y no podemos hacer nada para cambiarlo, está en nosotros, en lo más profundo de nuestro ADN está escrito que ser feliz es más peligroso que estar alerta. Lo aceptamos como dogma, y nos intentamos convencer a nosotros mismos que es lo correcto. Pero lo único que hemos conseguido con esto es ser presos de nosotros mismos. Nosotros mismos nos encerramos en nuestras cárceles de infelicidad y tiramos la llave, porque dentro de nuestra celda estamos a "salvo".
Pero nunca hemos sido libres. Y nunca conoceremos la libertad. Y eso es tan triste que me estoy empezando a preocupar...
He tardado un poco en escribirlo, pero ¡espero que te guste!
¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? Intento ponerme en pie, pero estoy demasiado mareado, y ¿estoy en una barca? Miro a mi alrededor y solo veo agua. Agua por todos lados. Debo estar en medio del océano. Maldita sea, ¿cómo he llegado hasta aquí? Me siento e intento buscar algo de agua dulce para calmar mi sed, pero no encuentro botella alguna. Con los codos en las rodillas intento sujetar mi cabeza, que pesa más de lo habitual. Unos destellos iluminan mi mente y me llegan imágenes difusas que pasan a todo trapo: luces de colores, música repetitiva, multitud de gente, humo, tequila, sal, limón, dinero, risas, y vacío. Mucho vacío. ¿Qué cojones hice ayer? Bueno, tengo que encontrar algo de agua o moriré. Pero qué digo, estoy rodeado de agua, ¡echemos un trago! Decido cargar un poco de agua con las manos y me la llevo a la boca. No sabe tan mal, diría que tiene un sabor a vainilla bastante agradable. La gente no sabe lo que se pierde al no beber de este manantial. Perfecto, ya estoy saciado de agua, ahora la máxima prioridad es buscar tierra firme y averiguar de una vez por todas dónde estoy y cómo llegué hasta aquí. Busco por la pequeña barca una especie de remo, pero no encuentro nada. Tendré que bajar y empujar nadando... El agua está caliente, y mis piernas están fuertes, así que no hay dificultad en empujar la barca hacia ningún sitio. Ya han pasado dos horas desde que estoy empujando, y veo un objeto bastante lejano en el horizonte, ¿es posible que sea un barco? ¡Estoy salvado! Mis piernas empiezan a funcionar a máxima potencia y no tardo en llegar cerca del gigantesco barco. Lo suficientemente cerca como para poder contemplarlo por completo y que ellos me contemplen a mí. Se me hace un nudo en el estómago cuando un tripulante me echa el ojo encima y pronuncia un grito ininteligible para mí, pero que no augura nada bueno. Sobre todo cuando miro hacia arriba del barco y veo ondeando en lo más alto: ¡LA BANDERA PIRATA! Debo huir de aquí lo antes posible, pero ya me han capturado. Me meten en una caja llena de arena en la bodega y la cierran con un candado de hierro oxidado. Puedo escucharles hablar en un idioma bastante rudo. Creo que no es ni siquiera un idioma. Yo diría que hablan emitiendo voces fuertes sin sentido alguno. Estoy bastante asustado, no sé qué van a hacer conmigo. ¡Hada madrina! ¡¿Dónde estás?! "¡Aquí estoy!" Escucho una voz dulce en mi cabeza y me entra el pánico. De repente, la caja se ilumina y aparece una especie de duendecillo con alas adorable que me dice que me concede un deseo. En un alarde de hombría, le pido una espada, para poder luchar contra los piratas. "Deseo concedido". Y ahí me hallo, dentro de la caja llena de arena hasta el cuello con una espada en la mano. ¡Hasta aquí hemos llegado! Haciendo acopio de toda mi fuerza, empiezo a ejercer presión con ambas manos y con las piernas y consigo destrozar la caja en mil pedazos. ¡Se van a enterar esos piratas de quién es el rey del océano! El primer pirata, alertado por el ruido, baja a comprobar qué ha ocurrido y ahí estoy yo, esperándole con la espada en la mano. ¡Desenfunda bandido! Le doy una estocada magistral y cae al suelo de rodillas vencido. Sigilosamente subo hasta la cubierta, empapado en sangre y con un objetivo muy claro: escapar de allí sano y salvo. Uno a uno van cayendo todos los piratas, ninguno se resiste a mi valentía y al poder de mi espada. Venían de todos los sitios, por babor y por estribor, pero estaba muy motivado, y no tenían nada que hacer contra mí. Solo quedamos el capitán y yo. Un mano a mano en un duelo que se escribirá en las páginas de la historia. Le mando una mirada helada que lo atraviesa, y me corresponde con un grito que enfriaría cualquier corazón. No se sabe todavía quién da el primer paso hacia la batalla, pero nos encontramos corriendo el uno frente al otro, alzando nuestra espada y de repente.... "¡¡CARIÑOO!! ¡Quieres terminar de bañarte ya! ¡Hace una hora que te metiste con los juguetes de los niños y tengo aquí a los peques esperando para bañarse con sus juguetes! ¿No me digas que te has puesto a jugar con los muñecos?" No mi vida (respondo atemorizado), salgo en seguida. Salgo de la bañera y mientras me seco, tengo la sensación de haber vivido una nueva historia, una nueva aventura. Digamos, que nunca dejé de ser un niño que soñaba con vencer a los piratas.
Esta es la historia del gnomo lento. Es una historia de un gnomo triste. Y este gnomo pequeño estaba triste porque aparte de ser lento, tampoco era fuerte, ni siquiera dos veces
más fuerte que tú. Era un gnomo lento, flojo y nunca estaba de buen
humor. Menuda mierda de gnomo, estarás pensando. Pues así era su vida. Mientras que todos los demás gnomos eran mil veces mejores que él, bueno, el pobre se tenía que conformar con no estar muerto. ¡Que viva la vida! Tuvo una vida triste, apenas podía encontrar trabajo y mucho menos una pareja estable. No tenía familia y vivía de las subvenciones que le daban en el Ayuntamiento de Gnomolandia. Cada segundo era una tortura, y todo por el mismo motivo: no estaba integrado en su sociedad. Nuestro gnomo vivía en una sociedad cuyos valores eran la fuerza, la velocidad y el buen humor. Tres valores interesantes, pero podrían haber sido otros cualesquiera. Y quizá en otra sociedad, nuestro gnomo podría haber sido feliz. Nunca lo sabremos. Estaba en el peor momento y en el peor sitio. No tenía escapatoria. Estaba condenado a sufrir incluso antes de nacer. Es curioso como hemos transformado a la humanidad en una sociedad con valores cerrados que es capaz de excluir a ciertos ciudadanos que no cumplen con sus requisitos mínimos sociales. Es más, esta sociedad, crea unas reglas universales que si no son cumplidas, son capaces de privarte de tu libre albedrío sin ningún tipo de tapujo ni remordimiento. ¿Qué es la conciencia? O mejor dicho: ¿quién es la conciencia? ¿Quién crea a la conciencia en nuestras cabezas? Y ¿quién la dota de ideas? Tenemos un remordimiento artificial al realizar actos que no es natural en nuestra especie. La conciencia es como llevar ropa o conducir un coche. Es un invento que se ha convertido en el pilar básico de la convivencia porque alguien una vez lo decidió así. Entonces, ¿qué hacemos con el pequeño gnomo? Rezaremos por él y si comete algún acto no permitido, lo encerraremos para siempre. Porque así actúa la conciencia, ¿no?